Adiós a la contratransferencia

(Presentado en el XI Forum Internacional de Psicoanálisis, Panel: Transferencia y contratransferencia. Dilemas del Tercer Milenio, 7 de Mayo de 2.000, Brooklyn, Nueva York)

 

Frank M. Lachmann, Ph. D. Nueva York, NY, EEUU.

International Forum of Psychoanalysis 2001; 10:242-246

 

Traducción: Javier Naranjo Royo, CEAP, Madrid, España.

 

Cuando nos mudamos de una casa a otra o pasamos de un siglo al siguiente nos enfrentamos a la pregunta: ¿Qué tendríamos que llevarnos y qué podríamos dejar? Hoy, mientras el psicoanálisis entra en el siglo XXI yo elijo la contra-transferencia como concepto que deberíamos dejar atrás. Y ya que estamos limpiando la casa, también dejaría a su pariente, la “identificación proyectiva”.

El “descubrimiento” de la contra-transferencia supuso una corrección necesaria a la concepción tan parcial de la transferencia y la patología del paciente. Aun cuando inicialmente la contra-transferencia se limitó a la neurosis del analista activada por la neurosis transferencial del paciente, supuso, de todas maneras, una bocanada de aire fresco en la atmósfera enrarecida de las consultas analíticas. Pero, en cualquier caso, aunque su utilidad para el desarrollo del psicoanálisis fuera indiscutible, sus días están contados.

En los últimos años, ha disminuido el espacio que se le concede en las discusiones clínicas al paciente en la díada analítica, mientras que el de la contra-transferencia se ha ampliado enormemente. Los psicoanalistas postmodernos le han abierto sus brazos a este concepto, igual que los que se interesan por las investigaciones sobre género, los temas de orientación sexual y las influencias culturales. También se ha ido extendiendo para abarcar los sesgos del analista, haciendo que Judith Teicholz (1) afirme que el papel central que tenía en análisis la subjetividad del paciente, ha dado paso al papel de la subjetividad del analista. Antes lo normal era que el analista reconociera y “manejara” su contra-transferencia, que ejerciera algún tipo de auto-control y se centrara en el análisis del paciente y sus transferencias. Frente a esta postura se argumentó que es imposible evitar la contra-transferencia y sus efectos consiguientes en el paciente, por lo que el analista debería aceptarla y utilizarla. Esta postura nos ha llevado a un tipo de tratamiento en el que algunos analistas afirman que pueden tratar a su paciente simplemente con ser conscientes de sus sentimientos y utilizar su contra-transferencia para comprenderle, y hasta compartir con él dichas impresiones.

En los seminarios en que presento mis casos clínicos invariablemente se cuestiona mi contra-transferencia. ¿Me he sentido enfadado, aburrido, ignorado, provocado, ansioso, seducido o atacado frente a tal conducta de tal paciente? Ante estas preguntas suelo tener una reacción inmediata. Si digo que no he tenido ninguna de estas sensaciones, considerarán que estaba tremendamente distanciado, o demasiado ansioso como para sentirlas o en plena negación. Y si, por el contrario, digo que he tenido alguna de estas sensaciones, ¿Porqué no las he incluido en el diálogo terapéutico? Debía de estar demasiado intimidado o inmerso en algún tipo de colusión transfero-contra-transferencial con el paciente.

Las preguntas que suelen hacerme sobre mi contra-transferencia contienen ciertas suposiciones: 1.- Hay reacciones, casi siempre modalidades de la rabia, que son universales y que cuando, en ciertas circunstancias, están ausentes indica que estos sentimientos se han negado o suprimido. 2.- Hay informaciones importantes relativas al paciente que han de extraerse a partir de los sentimientos del analista según van apareciendo en el curso de la sesión. 3.- Estas “contra-transferencias” señalizan aspectos importantes de las transferencias del paciente y deberíamos integrarlas en el diálogo analítico. Ocultar dichas reacciones hace que la relación analítica deje de ser “auténtica” y, en lo que se refiere al analista, escamotea al paciente una fuente valiosa de información. Todas estas suposiciones son “plausibles”, en la terminología de Merton Gill (2) aplicada a las “distorsiones” transferenciales del paciente. Pero, según estas suposiciones, todo buen analista tiene expectativas similares: ser reconocido y respetado por el paciente como individuo separado, razonable y bienintencionado. Los psicólogos del self proponemos una perspectiva diferente.

Desde el punto de vista específico de la psicología del self diferenciamos dos dimensiones en la transferencia. La dimensión de objeto del self, que supone el intento por parte del paciente de establecer una transferencia que busca un vínculo específico, restaurador del self o mantenedor del self, con el analista. Y, por otra parte, la dimensión representacional, que es la repetición y transformación de patrones conflictivos de interacción del paciente con figuras relevantes de su vida. A lo largo del tratamiento van surgiendo continuamente estas dimensiones en una relación figura fondo. Nosotros no relacionamos ninguna de esta dimensiones con un grado mayor o menor de patología. Es más, entendemos que ambas están co-construidas por analista y paciente y las investigamos como contribuciones por parte de cada uno de los participantes.

Cuando un analista afirma que se siente desesperanzado, frustrado, atrapado o aburrido con un paciente, estos sentimientos, denominados contra-transferenciales, se interpretan a menudo como la consecuencia de la hostilidad del paciente, o bien como un intento de provocar la hostilidad del analista. Sin embargo, estos sentimientos son una reacción típica frente a la necesidad de mantenimiento y regulación del self a trvés del analista. En estos casos el terapeuta no es vivido por el paciente como un “objeto”, como objetivo de sus afectos, sino como un “objeto del self”, que el paciente necesita de forma vital para mantener o restaurar su sentido del self. Cuando el analista tiene la expectativa de mantener una relación personal con el paciente y en vez de esto, es vivido como alguien que cumple una función de objeto del self, la necesidad que tiene el paciente del analista puede interpretarse como un intento de controlar, devaluar o negar la presencia, vitalidad o bondad del analista. En este caso analizar o confrontar al paciente con su incapacidad o con su intento de evitar conectarse con el analista, podría indicar la necesidad del analista de reconocimiento por parte del paciente. En estas situaciones, las intervenciones del analista pueden interrumpir el vínculo que el paciente ha estado tratando de establecer.

Kohut (3,4) afirma que cuando el analista acepta que el paciente le viva como un objeto del self, se establece un tipo de vínculo especial que evoluciona en el paciente de modo natural, hacia un sentido del self más cohesivo y menos fragmentario.

 

La psicoterapia de Cecilia (5, 6) ilustra el proceso de aceptación de la necesidad del paciente de establecer un vínculo de objeto del self. El tratamiento de Cecilia duró cinco años, al principio a dos sesiones semanales y luego una. Acude a terapia a causa de una ansiedad y depresión persistentes en relación a su situación laboral. Además sufría una contracción de las cuerdas vocales que le había llevado a interrumpir su carrera de cantante amateur. Sin embargo, simultáneamente, su vida personal, su matrimonio y su relación con su hija pequeña prosperaban. En lo que se refiere a su trabajo, durante el primer año de tratamiento Cecilia concluyó un sofisticado programa de ordenador que estaba realizando. Este programa era tan eficaz que hizo que su propio puesto de trabajo, muy bien remunerado, se hiciera innecesario. Al hacer una investigación tan minuciosa y cumplir con el objetivo de diseñar un programa informático, perdió su contrato. Sin embargo, con un cierto orgullo, se atuvo a sus principios morales y terminó el proyecto que le habían asignado, independientemente de las consecuencias. Para ella era muy importante vivir de acuerdo a sus metas, lo cual conectaba con su padre ideal. Consideraba completamente justificado que su jefe la dejara marchar. Incluso llegó a entrenar al empleado novel que le sustituiría.

Al quedarse en paro aumentó su depresión y también su retirada. Era incapaz de buscar trabajo. Se quedaba en casa y empezó a obsesionarse con un culebrón de la televisión. Los dos años siguientes pasó la mitad de la sesión poniéndome al día de la trama de la serie televisiva, haciendo predicciones sobre los giros que iba a dar el argumento. Leía los reportajes sobre series de televisión de la prensa rosa para saber qué actores del programa iban a ser contratados para trabajar en otro programa que se grabaría en un estado diferente. Estos cambios tenían repercusiones, tanto en el papel que hacían, como en la trama de la serie que ella seguía. Cuando me contaba las últimas peripecias y sus predicciones para los siguientes capítulos sonaba excitada, viva, determinada, creativa y eficaz; cualidades que habían desaparecido notablemente del resto de su vida.

Cecilia creció en un estado sureño de la frontera, en el que su padre trabajaba valientemente como editor de periódicos, apoyando siempre la causa liberal. Durante su infancia fue una estudiante brillante, buena pianista y cantante consumada. Por la noche, sin embargo, su padre era el que brillaba en la mesa del comedor. Para ella era un auténtico héroe al que admiraba profundamente. Sus metas, su valor ante los retos, sus principios y sus logros era impecables. La familia y la sociedad lo idealizaban. En la mesa, Cecilia no tenía oportunidad de meter baza, lo único que podía hacer era quedarse allí sentada y escuchar maravillada. Había una notable excepción: Cecilia el músico sin rival de la familia. Durante sus recitales ella era el centro de atención.

¿Los informes de Cecilia sobre la serie de televisión eran un obstáculo para el proceso analítico? Desde el punto de vista de las resistencias, el control de las sesiones, o el hecho de evitar hablar de sí misma y su relación conmigo, la respuesta sería “sí”. En relación con su sensación generalizada de depresión y su modo “compulsivo” de estar en el tratamiento, la respuesta también sería “sí”. Sin embargo, mi actitud de escucha de su versión resumida del culebrón era mi respuesta “auténtica” hacia ella y, ciertamente, constituía mi contribución y colaboración con esta actividad. ¿Al escuchar sus continuos informes sobre la historia estaba contribuyendo al enactment transferencial? Sin duda, yo participaba a través de mi admiración ante la ingeniosidad de sus predicciones y deducciones. Estas cualidades, que yo admiraba en Cecilia. eran las mismas que anteriormente ella había admirado en su padre. Gradualmente fueron surgiendo los temas fundamentales sobre los que se organizaban las vivencias de Cecilia. En el tratamiento Cecilia recreaba e invertía las reiteradas experiencias que había tenido con su padre y con su familia. Ella hacía de “periodista de investigación”, que relataba los detalles y observaciones personales de sus pesquisas. No sólo traía las vicisitudes del serial, sino también “las noticias que se ocultan tras las noticias”, las maquinaciones que se urdían tras el telón. Cuando la definí como una periodista de investigación lo tomó con regocijo.

Al escuchar sus informes y sus ingeniosas predicciones, del mismo modo en que escuchaba cualquier otro tipo de material que ella trajera, estaba aceptando el vínculo de “objeto del self” que ella trataba de establecer. Se sentía reconocida por sus logros y disfrutaba siendo la estrella. Yo no trataba de ofrecerle experiencias de las que había carecido en su infancia, ni le ofrecía una cena mejor que las que había vivido en el comedor de su casa. Por el contrario, aceptaba su necesidad de recrear las múltiples dimensiones de una relación ambivalente con sus dos progenitores, las mismas que iban incluidas en las experiencias del comedor. Mientras explorábamos las dotes de investigación de Cecilia, volvió a trabajar la relación con sus progenitores: el temor reverencial hacia su padre, su sensación de fracaso por no poder atraer la atención de su madre. Pero esta vez logró enganchar a su madre en la misma serie de televisión y discutían juntas las predicciones que hacían sobre los giros de la trama. En consecuencia, forjó una relación directa con la madre. Además reunió los editoriales del padre en un libro, convirtiéndose en su editor y él se lo agradeció. Luego fue capaz de ponerse a buscar trabajo en un área que le pegaba mucho. Se convirtió en consultora de organizaciones, un trabajo en el que tenía que husmear en los problemas organizacionales.

 

Cuando presento este caso clínico en los diferentes grupos psicoanalíticos, invariablemente surge la pregunta sobre mi reacción ante la actitud de Cecilia de dedicar buena parte de la sesión a informarme de las tramas de una serie de televisión. Mis compañeros definen a Cecilia como “resistente”, “una persona que abusa de la terapia contando cuentos”. De su “enactment” suelen inferir una hostilidad que vinculan a la depresión y a la envidia hacia el padre. Consideran que al “tomar el control” de las sesiones estaba manifestando una hostilidad castradora hacia mí. Todas estas inferencias son plausibles. Pero de un modo u otro, todas están basadas en una combinación de suposiciones teóricas asociadas a la incomodidad, que se supone que es la reacción natural de un terapeuta al trabajar con su paciente.

Yo no me sentí enfadado, ni manipulado, castrado o controlado por Cecilia. Pero aunque me hubiera sentido enfadado, para mí, esto no indicaría que la motivación de Cecilia fuera hacerme enfadar. No creo que mis reacciones, sean cuales sean, supongan una vía privilegiada de acceso a las motivaciones del paciente. Más bien, me sentí intrigado y admirado por su ingeniosidad, por la recreación de sus experiencias en la mesa familiar y la posibilidad que teníamos de transformarlas. ¿Estaba Cecilia tratando de controlarme y de controlar las sesiones? Sí, quizás; y quizás reflejara también el modo en que su familia la controlaba a ella. ¿La recreación de las vivencias del comedor familiar supone una repetición y una defensa ante la ira derivada de sus experiencias anteriores con un padre heróico, aunque tendente a centrar la atención sobre sí mismo? ¿O se podría entender mejor como un intento de transformar experiencias pasadas frustrantes en una sensación de eficacia y destreza? Sin duda, hasta cierto punto hay un poco de todo lo dicho.

Ciertamente, la relación analítica puede organizarse alrededor de las expectativas rechazadas, reprimidas o no integradas de controlar a otra persona. Cuando el analista se permite aceptar este intento de control del proceso analítico, pueden clarificarse los múltiples sentidos y funciones de dicho intento de control. En estas ocasiones, como en el caso de Cecilia, pueden emerger tanto las repeticiones como los intentos de transformación y, por tanto, es cuando pueden abordarse. En contraposición a esto, cuando el analista se enfrenta o confronta al paciente con estos intentos de repetición y transformación de vivencias pasadas conflictivas y las etiqueta de “controladoras”, puede estar induciendo una reacción en el paciente. La rabia y los sentimientos de dolor del paciente pueden conducir a un estancamiento terapéutico, que habrá sido co-construido por ambos, analista y paciente.

La inducción y el grado en que un analista puede inducir reacciones en un paciente me llevan a un segundo concepto que podríamos enterrar: “La identificación proyectiva”, definida habitualmente como la inducción de una reacción en el analista por parte del paciente. Concuerdo con Merton Gill (7) en que, en su acepción más común, la identificación proyectiva se ha convertido en un concepto más interactivo. Gill argumenta que el intento de un paciente de utilizar “la identificación proyectiva, consiste en hacer que la otra persona sienta lo (el afecto) que el individuo que proyecta, está tratando de desembarazarse” (7:102). Por lo tanto el analista no siente sus sentimientos, sino aquellos de los que el paciente se ha desembarazado, proyectándolos. Me parece una ironía que precisamente algunos analistas que son tan persuasivos a la hora de reconocer la autenticidad del analista -no ya como observador, sino como participante activo en la díada analítica- describan también al analista como un “diapasón” que sólo resuena a las vibraciones del paciente. Y más todavía, que cuando el analista se hace consciente de su subjetividad, en vez de “apropiársela”, se la atribuya al paciente. La identificación proyectiva se ha convertido en la hija predilecta de los analistas, que no la consideran ya una fantasía, como en el caso de Melanie Klein y que tampoco la consideran un proceso co-construido (por ambos), como en mi caso, sino una transacción interpersonal en la que el paciente ha colocado, literalmente, un aspecto rechazado del self en el analista.

Ciertamente, un analista sensible puede ser consciente de lo que el paciente está tratando de desembarazarse, pero la “conciencia” de tal experiencia también está co-construída. La conciencia del analista está influída por el paciente, cuyo imput específico, igual que el imput y la reacción del analista, organizan un sistema interactivo, que es más complejo que lo que se deriva del modelo del diapasón. Una de las tareas más constantes del tratamiento consiste en involucrarse en e interpretar una variedad de enactments relacionales con el paciente. De hecho, un análisis en el que el analista se las arregla para evitar que el paciente le involucre en cualquier tipo de enactment, en realidad, podría estar fracasando en lo que atañe a lo lúdico y a la pasión, pudiendo no llegar a despegar nunca de suelo firme. En el tratamiento de Cecilia, la dimensión de objeto del self captó su necesidad de ser reflejada y confirmada por la madre. En la dimensión representacional, repetimos y transformamos su experiencia del comedor familiar en sus varias modalidades. Cecilia comprobó el efecto competitivo de nuestra relación, cosa que temía poner a prueba con su padre. No sentí las contra-transferencias que nuestros colegas insinúan que deben sentirse. Por el contrario co-construimos una experiencia, inicialmente en el tratamiento y, posteriormente, en su vida, por la cual se fue sintiendo más capaz, más viva, más asertiva y más creativa, cualidades que estaban presentes en sus investigaciones sobre el serial de televisión.

Creo que, a medida que aumentaba nuestra comprensión de los matices y sutilezas de las dimensiones verbalizadas directa o indirectamente y puestas en enactment, del encuentro terapéutico, hemos superado la visión simplista de la interacción analítica tal y como se conceptualiza por medio de la transferencia y la contra-transferencia.

Ambos, analista y paciente, como sistema, organizan la relación analítica de acuerdo a dimensiones complejas, incluyendo las transferencias del uno hacia el otro. Por esto, sostengo que, para el tercer milenio, la teoría de los sistemas dinámicos es la mejor vía para formular y comprender las complejidades de la interacción analista-paciente. Creo que el constructo transferencia sigue siendo útil. Pero la contra-transferencia y la identificación proyectiva pertenecen a la historia.

 

Bibliografía

 

1.      Teicholz J. Kohut, Loewald and the Postmoderns. Hillsdale NJ: The Analytic Press, 1999.

2.      Gill M. 1982.

3.      Kohut H. The restoration of the Self. Madison CT: International Universities Press, 1977.

4.      Kohut H. How Does Analysis Cure? Chicago: University of Chicago Press, 1977.

5.      Lachmann FM, Beebe B. Self psychology today. Psychoanalytic Dialogues 1995ª; 5:335-384.

6.      Lachmann FM, Beebe B. Self psychology, later, the same day. Psychoanalytic Dialogues 1995: 5;415-420

7.      Gill M. Psychoanalysis in Transition. Hillsdale NJ: The Analytic Press, 1994.

 

 

 

                        Regreso a la sección: Revista